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Placeres ocultos

Microrrelatos 2025

Ni mis hermanos querían ir (nos habían dicho que era peligroso), ni a mi abuelo le dejaban (solo podía beber un vasito al día). Así que, fingiendo resignación, yo cogía la frasca y bajaba despacio a la bodega.

De regreso subía los veintitrés escalones con cautela, temiendo que alguien me sorprendiera al dejar oculto detrás de la trampilla el porrón de vino que después recogería el abuelo. Pero el riesgo merecía la pena. Con la perra gorda que él me dejaba allí, yo podía cambiar cada semana en el quiosco dos novelas de Marcial Lafuente Estefanía.

 

de Pilar Martín Cabreros